La economía mundial atraviesa una etapa de incertidumbre que no se experimentaba desde hace varias décadas. Las erráticas decisiones de Donald Trump en materia comercial, su distanciamiento de aliados tradicionales como Canadá y Europa, y su acercamiento simultáneo a potencias rivales han configurado un tablero geopolítico inédito que afecta directamente a economías emergentes como la peruana.
En este contexto, el Perú se encuentra en una posición que exige análisis riguroso, decisiones estratégicas y, sobre todo, una lectura realista de las oportunidades y amenazas que este nuevo orden presenta.
La guerra arancelaria y sus efectos en cadena
La política de aranceles impulsada por la administración Trump ha generado un efecto dominó en los mercados internacionales. Las tarifas impuestas a productos provenientes de China, la Unión Europea y otras economías han provocado represalias comerciales que encarecen las cadenas de suministro globales y generan volatilidad en los mercados financieros.
Para el Perú, cuya economía depende significativamente de las exportaciones de materias primas —cobre, oro, zinc, productos agrícolas—, este escenario representa un arma de doble filo. Por un lado, la incertidumbre comercial puede deprimir los precios de los commodities si la demanda global se contrae. Por otro, las tensiones entre Estados Unidos y China podrían abrir nichos de oportunidad para proveedores alternativos como el Perú.
Sin embargo, apostar por beneficios coyunturales sin una estrategia de largo plazo sería un error grave. Las guerras comerciales no generan ganadores permanentes; generan inestabilidad prolongada.
El alejamiento de Estados Unidos de sus aliados tradicionales
Uno de los fenómenos más preocupantes del actual panorama internacional es el distanciamiento de Washington respecto a sus socios históricos. La relación con Canadá se ha deteriorado notablemente, mientras que Europa observa con desconfianza los movimientos de la Casa Blanca.
Este realineamiento tiene consecuencias directas para América Latina. Históricamente, la región ha gravitado en torno a la influencia estadounidense en materia comercial y de seguridad. Si Estados Unidos reduce su compromiso multilateral, el vacío podría ser llenado por China, que ya es el principal socio comercial de varios países sudamericanos, incluido el Perú.
La pregunta que debe hacerse Lima no es si acercarse más a Washington o a Pekín, sino cómo diversificar sus relaciones comerciales para no depender excesivamente de ninguna potencia en particular.
El Tratado de Libre Comercio que el Perú mantiene con Estados Unidos sigue siendo un pilar fundamental de la relación bilateral. No obstante, la imprevisibilidad de la política comercial norteamericana obliga a no dar por sentadas las condiciones actuales.
China: socio estratégico y factor de riesgo
China se ha consolidado como el principal destino de las exportaciones mineras peruanas. La inversión china en infraestructura, como el megapuerto de Chancay, evidencia un interés estratégico de largo plazo en el país. Sin embargo, esta creciente dependencia comercial también implica vulnerabilidades.
Si la economía china se desacelera —algo que varios analistas consideran probable dadas las tensiones comerciales y los problemas internos del gigante asiático—, el impacto sobre las exportaciones peruanas sería inmediato y significativo. La caída en la demanda de cobre, por ejemplo, afectaría directamente los ingresos fiscales y la balanza comercial del Perú.
Además, la relación con China no está exenta de complejidades geopolíticas. En un mundo cada vez más polarizado entre bloques, el Perú deberá navegar con prudencia para mantener relaciones productivas con ambas superpotencias sin comprometer su soberanía ni sus intereses nacionales.
¿Qué debe hacer el Perú ante este escenario?
La respuesta no pasa únicamente por la política exterior. La fortaleza de una economía frente a turbulencias internacionales se construye fundamentalmente desde adentro. En ese sentido, hay varias tareas pendientes que el gobierno peruano no puede seguir postergando.
En primer lugar, es imperativo impulsar la diversificación productiva. Un país que depende mayoritariamente de la exportación de materias primas es estructuralmente vulnerable a los vaivenes del mercado internacional. La agroindustria, la tecnología y los servicios deben recibir mayor atención e inversión.
En segundo lugar, la estabilidad macroeconómica debe preservarse como un activo estratégico. El Banco Central de Reserva del Perú ha mantenido una política monetaria responsable, pero las presiones políticas internas podrían debilitar esta institucionalidad si no se defiende con firmeza.
En tercer lugar, el país necesita una política comercial proactiva que busque nuevos mercados y fortalezca los acuerdos existentes. La Alianza del Pacífico, el CPTPP y otros mecanismos multilaterales deben ser aprovechados al máximo.
La incertidumbre global no es excusa para la parálisis; es, por el contrario, el mejor argumento para actuar con decisión y visión estratégica.
La dimensión política interna
Finalmente, no puede ignorarse que la capacidad del Perú para responder a los desafíos internacionales está condicionada por su estabilidad política interna. Un país con crisis institucionales recurrentes, con un Congreso fragmentado y un Ejecutivo debilitado, difícilmente puede proyectar una imagen de confiabilidad ante inversores y socios comerciales.
La clase política peruana tiene la responsabilidad de comprender que los problemas económicos globales no esperan a que se resuelvan las pugnas internas. Cada día de inacción o confrontación estéril es un día perdido frente a competidores que sí están tomando decisiones.
El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa. El Perú tiene los recursos, la ubicación geográfica y el capital humano para posicionarse favorablemente. Lo que falta, como tantas veces, es voluntad política y liderazgo.